Dicen que Valencia es la ciudad de la luz. Puede que lo sea de España, sí; desde luego, no lo es de la península ibérica. De ésta lo es Lisboa.
Cuando amanece, la humedad del Tajo empapa los coches y las ventanas de las antiguas casas lisboetas. Parece que va a ser un día nublado, pero en apenas una hora un sol brillante y puro envuelve la ciudad: sus calles de adoquines resbaladizos, sus edificios de azulejos quebrados y sus gentes amables y políglotas. Los rayos luminosos se cuelan en cada rua por estrecha que sea. Las empinadas cuestas de cada barrio se nutren de ellos, y los hombres pasean por ellas como si el tiempo no apremiara, y las mujeres viejas se asoman a sus balcones en compañía de sus perros. También los gatos recorren los barrios antiguos, y son dóciles y alzan el lomo cuando acaricias sus suaves pelajes.
Hay mendigos que piden limosna en un portugués incomprensible, ancianos con piernas de hierro que ya no tienen que mirar al suelo para no tropezarse en las aceras asesinas y conductores de autobús que se saltan cualquier límite de velocidad. Hay también ciegos, muchos ciegos, sobre todo en el metro. Los pasteis de nata se agolpan en los escaparates de las pastelerías, y las palomas campan a sus anchas por las numerosas plazas de la ciudad.
En la ciudad de las siete colinas casi cualquier punto regala vistas de los alrededores. Cada diez minutos te topas con un miradouro en el que han proliferado los cafés y los parques. Tomar una cerveza (Super Bock, siempre) cuando el sol, que se resiste a desaparecer, se esconde, siempre es un placer. Sobre todo si la compañía es buena y la conversación interesante y extendida, como todo en Lisboa. La ciudad en la que el tiempo se detiene.
Al adentrarse en los barrios de calles peatonales y edificios alargados y estrechos uno tiene la sensación de estar en un pueblo en lugar de en una ciudad de más de medio millón de habitantes. Encontrarse con una fiesta de un vecindario en el que se cantan fados y se cena de maravilla no es difícil. Los lisboetas, sonrientes y corteses, te invitan a unirte a ellos y bromean cuando les dices que no puedes acabarte el plato. Casi todos tienen la piel morena, de un color agitanado.
El olor de Bairro Alto, un barrio que duerme de día y vive de noche a un ritmo y a un ruido extraordinarios, recuerda al aroma de una ciudad marroquí. Los diminutos bares y pubs abren todos los días de la semana, y las bebidas se sirven en vasos de plástico que los clientes sacan a las calles atestadas de gente. Los diferentes idiomas se cruzan y los portugueses se mezclan con los extranjeros. El sol se ha llevado el calor a su partida y ahora corre el aire a pesar de las aglomeraciones. Una ginjinha (licor de cereza) quizá caliente el cuerpo, así que hay que encontrar el local en el que la sirvan más barata.
El portugués es una lengua que se saborea al hablarla. Sabe a viento atlántico y a hospitalidad. No es difícil entenderlo, a no ser que provenga de la conversación acelerada de dos mujeres que se encuentran al hacer la compra. Las escenas cotidianas y a cámara lenta que suceden en Lisboa hacen que te sientas como en casa, una casa enorme y extendida en la que hasta el panadero parece de tu familia.
Lisboa, ciudad pequeña, pueblo grande.
domingo, 11 de septiembre de 2011
lunes, 22 de agosto de 2011
Lo mejor de ti es tu sonrisa
¡Hola de nuevo! Después de un mes yendo de aquí para allá -para algo está el verano- vuelvo al blog para reflexionar con vosotros sobre un tema al que llevo un tiempo dándole vueltas. Se trata de la pasión por hacer algo, de las ganas de actuar, de las sonrisas que pueden transformar aquello a lo que se dirigen.
Hace unos meses me di cuenta de que no estaba totalmente comprometida con nada de lo que hacía. Pasaba por encima de mis tareas sin implicarme en ellas con cuerpo y alma. No ponía todo lo bueno de mí ni en las cosas que me gustaba hacer ni en las que no me gustaba hacer. Sabía perfectamente que cualquier situación desagradable o poco placentera puede mutar en algo único solamente con un cambio de actitud hacia ella, pero del conocimiento racional a la experiencia siempre hay un trecho que, a veces, puede costar años salvar.
Una amiga y maestra fue quien me hizo ver que nunca ponía toda la carne en el asador. Pasaba de una cosa a otra sin dejar huella en nada y sin disfrutar al cien por cien de lo que me ofrecía cada vivencia. Ahí fue cuando fui consciente. De eso, ya digo, hace unos meses.
Y en estos días calurosos de verano es cuando estoy empezando a integrar la idea de que, para realmente disfrutar con algo y hacerlo lo mejor que sé, tengo que comprometerme con ello y, sobre todo, dar lo mejor de mí misma. Me he dado cuenta de que, a veces, hago las cosas de manera tan inconsciente que no puedo recordar nada de lo que he hecho durante el último minuto. No puedo acordarme de lo que he pensado, ni reconstruir viñeta por viñeta qué han tocado mis manos... ¿A quién no le pasa esto de forma bastante habitual? Comemos sin saborear la amalgama infinita de matices que nos brindan los alimentos, conversamos con cada sentido puesto en un sitio y la cabeza volando por las nubes, trabajamos deseando que llegue la hora de irse a casa... ¿Por qué no aprovechar ese momento y explotarlo al máximo? Ya que estamos ahí, nos guste o no nos guste, ¿por qué no disfrutar y dar el cien por cien de nosotros mismos? Si he asimilado otra idea durante estos días -una idea sobre la que llevaba tiempo leyendo, sí, pero que no he comprendido vivencialmente hasta ahora- es que no existen ni el pasado ni el futuro: sólo existe el presente, este momento. El tiempo es un concepto tan abstracto que incluso me atrevería a decir que no existe.
El sábado fui a comprar a Mercadona y me quedé gratamente sorprendida con la cajera que me atendió. Con su mejor sonrisa, con movimientos delicados y perfectos, iba pasando un producto tras otro por el detector de códigos de barras. Miraba a los ojos a los clientes, recogía su dinero y les devolvía las vueltas sin perder su expresión de gratitud y felicidad. Hacía que todos salieran del supermercado con una sonrisa, aunque parezca una cursilada. Daba lo mejor de sí misma, hacía su trabajo de la mejor manera posible y eso creaba una energía positiva a su alrededor que se contagiaba a todo lo demás.
Últimamente me acuerdo de practicar lo mismo que practica la cajera de Mercadona. Esta mañana, como tantas otras, he ido a clase de spinning al gimnasio. No es que no me guste pedalear dentro de una sala enana llena de gente, pero la verdad es que preferiría estar haciendo otra cosa. Así que suelo ir sin unas ganas inmensas de hacer la clase. Sin embargo, hoy me he tomado la hora como una práctica del Mercadona y he decidido dar lo mejor que tengo en cada pedaleo, en cada movimiento. Y, ¡sorpresa!, he disfrutado con todas las canciones -incluso con las que no me gustaban-, me he superado a mí misma poniendo en la bicicleta más resistencia de la habitual y, de vez en cuando, me sorprendía a mí misma habiendo cambiado mi cara de sufrimiento por una sonrisa. Y lo mejor de todo es que, después de casi dos meses en ese gimnasio, la profesora me ha felicitado al final de la clase. ¿Casualidad?
Os animo a dar lo mejor de vosotros mismos en todo lo que hagáis. Escribid cada mensaje de Facebook como si os fuera la vida en ello, saboread cada bocado como si fuera el último, besad como si se acabara el mundo y sonreíd incluso a vuestros enemigos.
La revolución empezará con las sonrisas.
Hace unos meses me di cuenta de que no estaba totalmente comprometida con nada de lo que hacía. Pasaba por encima de mis tareas sin implicarme en ellas con cuerpo y alma. No ponía todo lo bueno de mí ni en las cosas que me gustaba hacer ni en las que no me gustaba hacer. Sabía perfectamente que cualquier situación desagradable o poco placentera puede mutar en algo único solamente con un cambio de actitud hacia ella, pero del conocimiento racional a la experiencia siempre hay un trecho que, a veces, puede costar años salvar.
Una amiga y maestra fue quien me hizo ver que nunca ponía toda la carne en el asador. Pasaba de una cosa a otra sin dejar huella en nada y sin disfrutar al cien por cien de lo que me ofrecía cada vivencia. Ahí fue cuando fui consciente. De eso, ya digo, hace unos meses.
Y en estos días calurosos de verano es cuando estoy empezando a integrar la idea de que, para realmente disfrutar con algo y hacerlo lo mejor que sé, tengo que comprometerme con ello y, sobre todo, dar lo mejor de mí misma. Me he dado cuenta de que, a veces, hago las cosas de manera tan inconsciente que no puedo recordar nada de lo que he hecho durante el último minuto. No puedo acordarme de lo que he pensado, ni reconstruir viñeta por viñeta qué han tocado mis manos... ¿A quién no le pasa esto de forma bastante habitual? Comemos sin saborear la amalgama infinita de matices que nos brindan los alimentos, conversamos con cada sentido puesto en un sitio y la cabeza volando por las nubes, trabajamos deseando que llegue la hora de irse a casa... ¿Por qué no aprovechar ese momento y explotarlo al máximo? Ya que estamos ahí, nos guste o no nos guste, ¿por qué no disfrutar y dar el cien por cien de nosotros mismos? Si he asimilado otra idea durante estos días -una idea sobre la que llevaba tiempo leyendo, sí, pero que no he comprendido vivencialmente hasta ahora- es que no existen ni el pasado ni el futuro: sólo existe el presente, este momento. El tiempo es un concepto tan abstracto que incluso me atrevería a decir que no existe.
El sábado fui a comprar a Mercadona y me quedé gratamente sorprendida con la cajera que me atendió. Con su mejor sonrisa, con movimientos delicados y perfectos, iba pasando un producto tras otro por el detector de códigos de barras. Miraba a los ojos a los clientes, recogía su dinero y les devolvía las vueltas sin perder su expresión de gratitud y felicidad. Hacía que todos salieran del supermercado con una sonrisa, aunque parezca una cursilada. Daba lo mejor de sí misma, hacía su trabajo de la mejor manera posible y eso creaba una energía positiva a su alrededor que se contagiaba a todo lo demás.
Últimamente me acuerdo de practicar lo mismo que practica la cajera de Mercadona. Esta mañana, como tantas otras, he ido a clase de spinning al gimnasio. No es que no me guste pedalear dentro de una sala enana llena de gente, pero la verdad es que preferiría estar haciendo otra cosa. Así que suelo ir sin unas ganas inmensas de hacer la clase. Sin embargo, hoy me he tomado la hora como una práctica del Mercadona y he decidido dar lo mejor que tengo en cada pedaleo, en cada movimiento. Y, ¡sorpresa!, he disfrutado con todas las canciones -incluso con las que no me gustaban-, me he superado a mí misma poniendo en la bicicleta más resistencia de la habitual y, de vez en cuando, me sorprendía a mí misma habiendo cambiado mi cara de sufrimiento por una sonrisa. Y lo mejor de todo es que, después de casi dos meses en ese gimnasio, la profesora me ha felicitado al final de la clase. ¿Casualidad?
Os animo a dar lo mejor de vosotros mismos en todo lo que hagáis. Escribid cada mensaje de Facebook como si os fuera la vida en ello, saboread cada bocado como si fuera el último, besad como si se acabara el mundo y sonreíd incluso a vuestros enemigos.
La revolución empezará con las sonrisas.
jueves, 21 de julio de 2011
¿Nos toman el pelo?
Ayer se produjo la noticia que muchos llevábamos tanto tiempo esperando: la dimisión de Francisco Camps como presidente de la Generalitat Valenciana. Después de casi dos años y medio dándole vueltas al caso Gürtel, negando una y otra vez haber recibido regalos a cambio de favores (algo que tiene un nombre: soborno) y apoyándose hasta la extenuación en Rajoy y en sus fieles y obstinados compañeros de partido, Camps sale de un Gobierno en el que, para qué mentir, todavía mucha gente confía ciegamente, a pesar de todas las evidencias que prueban las irregularidades cometidas en su seno.
Supongo que gran parte de esos leales seguidores se desinforma diariamente viendo Canal 9. Ayer, la segunda edición de su informativo daba la noticia de la dimisión de Camps de la siguiente manera:
La notícia política del dia és l'anunci de la dimisió de Francisco Camps com a president de la Generalitat. Una decisió, ha dit, presa voluntariament per a no perjudicar el PP i donar suport a Mariano Rajoy. Camps ofereix el seu càrrec per a fer possible que, amb un govern del PP, Espanya recupere la senda del creixement. Se'n va proclamant la seua innocència i amb la satisfacció d'haver treballat sense descans per l'interès de tots els valencians durant els 8 anys que ha estat al capdavant de la Generalitat, amb tres majories absolutes consecutives.Atención a la frase en cursiva, por favor. ¿Acaso no es eso una descarada manifestación de adoctrinamiento político? Es innegable que esa oración presupone que, con un gobierno estatal del Partido Popular, España iría mejor económicamente. Bien, cada cual tiene su opinión y me parece respetable que haya quien crea tal cosa, pero un medio de comunicación -y más un medio público- anula cualquier ética periodística al dar por hecho que un determinado partido político gobernaría mejor que otro.
¿Y esa aseveración de que Camps ha trabajado por el interés de los valencianos durante sus mandatos? Permitidme que lo dude: el expresidente (qué bien suena esto, ¡por fin!) ha querido acabar con la lengua valenciana, tachando de fundamentalistas en más de una ocasión a aquellos que la defendemos y la valoramos; ha apoyado firmemente la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez que, de llevarse finalmente a cabo, acabaría con una parte importante del barrio histórico del Cabañal; ha gobernado para los que más tienen, importando atracciones para los pijos y los ricos (Fórmula 1, hípica, vela, etcétera)... y ésta es sólo una muestra de una larga lista que todos sabríamos construir.
Obvia decir que Canal 9 no retransmitió ninguna declaración de miembros de cualquier otro partido que no fuera el PP, con lo que la noticia sobre la dimisión de Camps se teñía de un sólo color -azul- y destilaba un poco camuflado apoyo al expresidente, considerándolo explícitamente inocente.
Noticia, la de Canal 9, sin duda muy diferente a la que daba La 1 del mismo acontecimiento:
Francisco Camps ha presentado esta tarde su dimisión como presidente de la Generalitat Valenciana. Camps, que va a ser juzgado por aceptar regalos de la trama Gürtel, ha defendido su inocencia. Asegura que no han podido demostrar nada y que se va con menos de lo que llegó. Dimite cinco días después de que el juez abriera juicio oral contra él. Hoy ha sido un día de mucha tensión en Valencia. Dos de los procesados con él han llegado a admitir su culpabilidad ante el Tribunal para pagar la multa y evitarse el juicio. Y cuando se daba por seguro que el presidente de la Generalitat haría lo mismo, finalmente ha dimitido.No hace falta comentar nada, ¿no? Se ve claramente que la noticia se ciñe a los hechos objetivos, traslada a los telespectadores las declaraciones de Camps y contextualiza los hechos. Lo que se llama un ejercicio periodístico muy adecuado. Ahora, volved a leer la noticia de Canal 9 y buscad algún rastro de objetividad y contextualización. Nada, ¿verdad?
A continuación, La 1 conecta en directo con las sedes del PP de Madrid y Valencia. Los periodistas enviados comentan el ambiente que se vive en ambos emplazamientos. Después, José Blanco, del PSOE, comenta la dimisión. Y esto sólo en el sumario: la noticia entera se puede ver aquí.
Esta mañana, en el programa Bon dia de Canal 9, han emitido varios vídeos que informaban sobre la dimisión de Camps. Todos estaban, en efecto, claramente manipulados y se mantenían lejanos a los hechos reales; uno en especial ha llamado mi atención. En una especie de repaso a la trayectoria de Camps, la periodista -si se le puede llamar así- enumeraba las hazañas del molt honorable. El conjunto venía a decir que, gracias a Camps, tenemos AVE, más turismo, hospitales nuevos, más investigación científica y tecnológica, etcétera. Además, según Canal 9 Camps es un entusiasmado defensor de la nostra llengua i les nostres tradicions. No encuentro el vídeo por ninguna parte, pero sin duda ha sido digno de ver. Muy emotivo, la verdad; a la locutora sólo le faltaba soltar la lagrimilla y llorar un ¡hasta siempre, benvolgut president!
En fin, ¿nos toman el pelo? ¿Qué hay que hacer para que cese esta atrevida manipulación? ¿A quién o a qué hay que quejarse? ¿Cómo queremos que en la Comunidad Valenciana gane otro partido que no sea el PP, si tiene a su servicio instrumentos tan eficaces de tergiversación de la información?
Por cierto, hoy El País publica lo siguiente:
Todos, Rajoy y Cospedal incluidos, se fueron a la cama pensando que el president se declararía culpable. Rajoy y Camps hablaron también a última hora, y aunque ambos coincidieron en que la solución no era buena, decidieron seguir adelante. Nadie en los últimos días descartaba la dimisión del todo, porque veían a Camps muy tocado, pero le habían visto tantas veces resistir y resistir que no lo querían creer. Por eso se resolvió que se declaraba culpable. (...) El letrado de Camps, y por tanto no un hombre enviado por Génova sino alguien de su absoluta confianza, llegó a presentar en el tribunal el escrito en el que reconocía el delito y anunció que estaba a la espera de que su cliente viniera a firmarlo. (...) El juzgado anunció que el abogado de Camps había comunicado que el president se disponía a acudir para firmar el documento que había presentado su abogado, esto es para reconocerse culpable. Pidió así el favor de que ampliaran el horario de cierre. Le había costado mucho decidirse, pero parecía hecho.Vayamos más allá de la dimisión de Camps. Pensemos qué le ha hecho cambiar de estrategia tantas veces durante estos últimos dos años. Reflexionemos sobre qué le llevo a reconocer, hace unos días, que podía haber recibido trajes -aunque como líder del PP y no como presidente de la Generalitat-. Analicemos qué relación extraña puede existir entre Rajoy y Camps para que el número 1 del PP haya defendido a capa y espada a su barón valenciano y no haya tomado ninguna determinación tajante en cuanto a su futuro político -que está y siempre ha estado en manos de Rajoy-. Reconozcamos la expresión estratega y ahogada en la cara de Federico Trillo mientras ayer escuchaba las palabras de despedida de Camps en el Palacio de la Generalitat.
Una última cosa: ¿no os llama la atención la poca credibilidad de Camps cuando se defiende de las acusaciones, la risilla nerviosa y de superioridad que se le escapa cada dos por tres, los ojos cansados que contrastan con las palabras de inocencia que salen de su boca, la blandura de sus gestos, su voz ahogada y sin proyección? ¿No son ésas pruebas suficientes para declarar a Camps culpable? Quizá no en ante la Justicia, pero sí ante nuestra inteligencia.
Para acabar, una recomendación: Canal 9 y los periodistas dobles.
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